Semana santa tarahumara, México

La Semana Santa de los tarahumaras o rarámuris consta de varias tradiciones místicas centradas en el conflicto de reinado de Dios y el diablo. En Chihuahua, México, la esencia de esta celebración es la reiteración, a perpetuidad, de la relación de los tarahumaras con Dios. Las festividades tienen lugar alrededor de las iglesias dispersas en un territorio de 35 mil km. cuadrados que conforma el “mundo” tarahumara. Son cerca de 30 templos a buena distancia entre ellos, a buen camino de los feligreses.

 

La comunidad se divide en dos clanes de la misma importancia: los “fariseos”, aliados del diablo, y los “capitanes y soldados” que defienden a Dios. Danzas, misas, rezos, ritos y plegarias se suceden en una eclosión más pagana que católica, aunque toda ella vibrante de religiosidad. Llegado el momento, el jefe, el mandamás de los dos bandos, consulta en voz alta la opinión de los “soñadores”, los depositarios del misterio y ellos contestan de forma solemne: Dios está débil y fácilmente vulnerable porque el diablo lo ha obligado a beber tesgüino, en cantidades increíbles, y Dios no ha logrado recuperarse todavía. El tesgüino es un fermentado de maíz, de contenido alcohólico (similar a la cerveza) espeso y nutritivo.

 

 

Todo comienza el miércoles cuando se encienden fogatas en la punta de los cerros que rodean a Norogachi. Los tambores de cuero de chivo, suenan en lo alto desde los cuatro puntos cardinales. El día jueves santo los pintos, haciendo honor a su nombre, dibujan en todo el cuerpo manchas blancas con piedra de cal disuelta en agua, que secan al sol o al calor de las hogueras en espera de la señal para salir a patear las calles terregosas con sus huaraches de suela de llanta y cuero, algunos cargan un penacho de plumas de gallina.

 

Durante tres días no dejan de sonar los tambores, las flautas y violines, que hacen recordar música de antaño; hay mucha actividad en el pueblo y los ancianos van y vienen, mientras que los niños juegan entre las mujeres que muelen el maíz para el tesgüino. El último día se escenifican luchas vigorosas entre fariseos y soldados, que simbolizan y recuerdan la eterna confrontación del bien y el mal. Los pascolas, o danzantes, bailan hasta el amanecer con sus cuerpos pintados. Los rarámuris exhiben a Judas, bromean con su imagen, lo dejan a un costado de la entrada principal de la iglesia, hasta donde llegan los pascolas. Le arrojan piedras, lo atraviesan con sus lanzas en medio de la algarabía generalizada, el mal ha muerto y es llevado a la hoguera, donde arde. El festejo religioso ha terminado y se da paso entonces a las fiestas.

 

 

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